
Moonrise Kingdom
Fallido film, en mi opinión. Lo más destacable es su impecable estilo narrativo. Wes Anderson posee verdadera personalidad, así como un modo de dirigir tan suyo que resulta inconfundible. A la perfección técnica y a sus recursos formales favoritos (travellings, música por doquier, escasos pero precisos planos detalle) le añade siempre una estética también característica: estilo pop años sesenta, y tonalidades dominantes cuidadas con mimo hasta el último detalle. Además dirige bien a los actores: éstos parecen estar todo el rato “en una película de Wes Anderson”. Se adaptan a su universo como la mano al guante. Sus repartos (y ésta no es la expeción) siempre cuentan con cinco o seis actores de primer nivel.
Lo malo de “Moonrise Kingdom” es que se desarrolla de manera preciosa y tierna durante una hora; que plantea conflictos sutiles, bien construidos y profundos; que muestra escenas y emociones intensas y verdaderas. Que te hace tocar con la yema de los dedos la belleza estremecedora de revivir el primer amor adolescente, puro e irrepetible, la vez primera en que uno ama y es correspondido; y el contraste entre esta valiente manera de amar, y la podredumbre con que se relacionan los adultos. Pero al cabo de una hora el director enlaza una retahíla de hechos hiperbólicos e inverosímiles, por mero capricho, se quita de en medio cualquier emoción o conflicto, y todo lo anterior se va a pique.
Intentaré conjeturar por qué.
El principal problema de este señor es, sin duda, su celebrado humor.
Su humor no siempre resulta comprensible. A veces ni siquiera es humor en el sentido estricto. Parece que proviene más de la complicidad de la audiencia que del guión en sí. Un ejemplo: en un momento dado, Bill Murray le reprocha a un policía que no haya encontrado aún a su hija fugada; irritado, se quita un zapato y se lo arroja. La sala se ha echado a reír; y uno se pregunta, con la mayor honestidad, qué hay de cómico en una explosión de rabia tan justificada. No hay ironía en el diálogo, ni la escena es en sí un chiste; pues todo cuanto en ella ocurre se puede muy bien tomar absolutamente en serio. Un padre que se siente culpable. Un policía sin respuestas. La sala se tronchaba.
Luego, no obstante, encuentra el espectador despistado la solución al enigma: el mismo director tampoco se toma en serio nada. Quien ha seguido con interés su carrera, ya adivina que todo lo extravagante, en sus películas, es algo gracioso. No porque posea ingenio o haga reír alegremente debido al desparpajo de los hechos. No. En Wes Anderson, lo extravagante es gracioso porque sí. Pasa un poco como con esos chistes malos de Woody Allen: en los cines llenos de gente, hasta sus peores gracias se ríen. Y uno siente en esos momentos un poco de incomodidad o de vergüenza, por mucho que adore a Woody Allen.
(A propósito de esto, y aunque nos salgamos un poco del asunto principal, recuerdo cuando fui a ver la maravillosa “A propósito de Smitch” al cine: como era de Jack Nicholson, y los periódicos la calificaban de ‘comedia’, la sala se desternillaba mientras el pobre señor Smitch lloraba horriblemente por la muerte de su mujer. Inexplicable, ¿verdad? ).
No quiero negar aquí que a veces uno sí se sonría con sus extravagancias. Funcionan muy bien cuando, en mitad de lo trágico, le dibujan a uno una sonrisa moderada. Aligera la película, hace que todo adquiera más riqueza. Lo malo es que uno no sabe muy bien qué tipo de película está viendo cuando llegan los excesos. A un personaje le cae un rayo, por ejemplo, y a los dos segundos se levanta tan campante, y echa a correr como si nada. Tales rarezas pueden resultar simpáticas, pero hunden todo lo demás, porque el tono, hasta ese instante, y pese a ciertas licencias, era realista. Por otra parte, el abuso de la música para darle ritmo a escenas que no tienen ritmo en absoluto es otra de esas artimañas recurrentes en su cine que acaban por agotar.
En definitiva, un conato de grandísima película, que se queda en una boutade más que olvidable. A la media hora de salir del cine, uno aún piensa un poco en ella. Al cabo de un día, tenemos que hacer un esfuerzo para acordarnos de lo que hemos visto. Las bromas, por raras u originales que sean, si no emocionan o alegran de verdad, se olvidan pronto. Haga uno dramas o comedias.
Nota: 6,5