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The Phantom. Review de la 5ª Temporada de Mad Men [Sin Spoilers]


Hace unos meses ya nos habló de ella. Javier C. vuelve a deslumbrarnos con su punto de vista sobre la quinta temporada de Mad Men. Yo no puedo decir nada, se lo dejo todo a él y su arte escribiendo:

Mad Men

Mad Men

Mad Men. Se había vendido bien desde el principio, desde la primera temporada. Jugaba con los tabúes posmodernos (tabaco, alcohol, machismo) que ahora, en esta época vacua de corrección política, más podían llamarle la atención al mezquino espectador superficial. Sabían que los consumidores de series son tan bobos como el director de una gran empresa: desean exactamente lo que no pueden tener. Eran guapos, y vestían como en Breakfast at Tiffany´s, y olían a naftalina y sus guiones rebosaban ingenio. Pasaron las temporadas como caían las hojas en otoño. Uno que aquí escribe dejó de ver la serie tras la tercera temporada. Las dos primeras temporadas eran deslumbrantes, pero en eso consistía el engaño: descubrí en la tercera sus trucos de mercadillo. Eso no era una serie, sino una prolongación eterna de escenas geniales pero inconexas. Nunca pasaba nada. Empezaba a convertirse en una crónica resultona de una oficina. Empezó la cuarta temporada y nada había en ella que reclamara mi interés.

            ¿Por qué yo? ¿Por qué hablo de mí? Tampoco mi juicio importa, si nos atenemos al sentido de esta reseña. Las crónicas de mis apreciaciones estéticas son menos relevantes incluso que las crónicas de ese apolillado nido de publicistas.

Un buen amigo me insistió: la cuarta remontaba el vuelo. Hurgaba más adentro, me dijo. No sin pocos reparos empecé a verla. Encontré que era la mejor temporada de todas, con diferencia. Y luego se acabó.

No la eché de menos. Tampoco puedo decir que aguardara a la quinta con impaciencia; eso me ocurre con Breaking BadMad Men era, sencillamente, la tía adorable y lejana que viene a tu casa a comer un domingo de cada semestre: la adoras, pero te olvidas de ella cuando le dices adiós y cierras la puerta tras ella. Así que el tiempo pasó, y llegó la quinta.

            Ha terminado hace apenas dos días.

Nos ha dejado un nivel de profundidad y de calidad insuperables. Tal vez sólo la cuarta de Breaking Bad, la segunda de Boardwalk Empire, la cuarta de The Wire, o la dos últimas de Los Sopranos, puedan rivalizar en cuanto a eminencia con la extrema genialidad de lo que este año nos ha ofrecido Matthew Weiner. Se ha instalado de golpe y porrazo en lo mejor que jamás se haya podido emitir en una televisión.

Hace unos meses expresé aquí mi desconfianza ante el hecho de que esta serie brillante careciera de dirección, de sentido total. Incluso oso decir ahora mismo que sigo preguntándome si acaso la tiene. No importa. En cierto modo ha sido la temporada con menos unidad de todas, en cuanto a lo lineal de las tramas: cada trama salta, como un conejo en una cacería, por donde le viene en gana. Pero, por otra parte, ha sido tan distinta, tan potente, y tan inmensa, que su unidad ha acabado estando en todas partes y en ninguna. De repente todo se entrelaza. Nada se somete al azar. Los secundarios brillan como trozos de carbón encendidos en la noche, duros e incandescentes en medio de una hoguera ya casi apagada, y Don Draper se eleva sobre ellos para convertirse momentáneamente en el personaje más complejo, contradictorio, cabrón, moralista y humano de toda la historia de la televisión.

(Habrá quien piense que Tony Soprano, Nucky Thompson o Walter White son más complejos; no seré yo quien lo niegue: pero Don no mata a nadie, ni su vida puede depender de vivir al margen de la ley. Es para mí la cotidianeidad de Don la clave de su triunfo. Es más difícil darle forma, más difícil retratar sus abismos interiores: matar a gente es algo más serio, y a la vez más evidente).

La quinta temporada de Mad Men ha terminado siendo tan, tan buena que tal vez poca gente se lo esperaba. Estremece, fascina, completa y satisface plenamente.

Quedan dos temporadas aún; queremos más de esta serie que casi es ya una droga para el espíritu más refinado. Pero a uno le pasa como cuando ve a Nadal en Roland Garros. Puede que este año también gane, y supere todas las marcas anteriores. Pero, ¿y el año que viene? ¿Y Federer? ¿Y Djokovic? Tu chico es el mejor, y va a seguir ganando, pero cada vez que pisa de nuevo la arcilla de París, uno teme que pueda eliminarse en primera ronda y perder muchos puntos. El año previo es una garantía, porque la calidad rara vez se pierde; pero al mismo tiempo es una losa, porque la forma o la suerte a veces nos abandona.

¡Ay, Mad Men! ¿Por qué nos has hecho disfrutar tanto? ¡Mal nos quieres!

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