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El rincón de Javier C.: Las nieves del Kilimanjaro


Después de unos días sin saber nada de él, vuelve Javier C. a la palestra con una nueva crítica, esta vez le toca el turno a Las Nieves del Kilimanjaro. Veamos si le ha gustado mucho, poco o nada…

Las nieves del Kilimanjaro

En los telefilmes americanos es frecuente que, durante la primera media hora, se nos muestre la felicidad extrema de un personaje o de una familia; el espectador ya sabe que el arte, aunque sea malo, no se ha inventado para narrar la felicidad (que es una cosa que más bien se vive), e intuye con tino que pronto ocurrirá alguna desgracia. De lo contrario, ¿qué clase de trama sería ésa? Aunque Las nieves del Kilimanjaro intente disfrazarse de película francesa sutil, pequeña, sublime y preciosa, sus procedimientos narrativos son, sin duda, dignos de cualquier mala película: su afán es manipular al espectador de modo burdo, para arrancarle a trompicones algún tipo de empatía.

            En la primera escena vemos cómo una empresa portuaria recorta personal para no cerrar. Veinte serán los despedidos a causa del bien común. En vez de analizar a cada empleado, o fijar un criterio de antigüedad, se hace un sorteo. Da lo mismo que uno tenga 62 años y le queden meses para jubilarse; o que alguien padezca una minusvalía; o que haya un inepto entre los empleados: se sortea; y, al que le toque, pues despedido. El protagonista, Michel, que es un sindicalista honesto y bueno, se incluye en el bombo de los posibles despedidos: y le toca. Éste es el absurdo punto de partida, el hecho inverosímil.

            A continuación regresa a su casa mirando al infinito, mientras suena una música triste de fondo para que así el espectador –por si acaso está despistado– sepa que hay que ponerse triste. No sabe el pobre Michel cómo decirle a su mujer que está despedido. Pero se lo dice, y añade que quizá fuese de idiotas el haber incluido su nombre. Éste es el momento dramático, tenso, duro, social.

            Su mujer le mira, le sonríe, y (como si no hubiera pasado nada), contesta suspirando: “¡Qué duro es vivir con un héroe!”. Éste es el momento tierno, chiquitito, lleno de amor, de humor sano, de ironía sutil y europea, de intimidad y optimismo.

            Pues bien: toda la película repite el mismo esquema. Pasa algo inverosímil, se da un momento de tensión dramática, y luego todos son muy buenos, y ríen mucho, y abren una puerta al infinito optimismo. Lo cual resulta, a la larga, increíble e irritante.

            Pero ya no los hechos en sí, sino los diálogos, afectan al conjunto. Pretende el director mezclar las conversaciones banales con los grandes pensamientos reveladores. Pero las conversaciones banales son tan banales que, en efecto, podrían suprimirse de la película sin más. Y las conversaciones profundas son monólogos breves que parecen extraídos de un ensayo fragmentario con las opiniones del director. Un ejemplo hipotético sería así:

 Comen.

            Ella: está rica la comida.

            Él: sí. La cebolla le da mucho sabor.

            Ella: A mi hermana le encanta la cebolla.

            Él: ¡Y a mi cuñado! (Momento de humor amable)

            Ella: sí, son como dos tortolitos.

            Él: tortolitos, o palomitas. (Momento de humor amable)

            Ella: a veces me pregunto si el paso del tiempo nos cambia. Si acaso no habría sido distinto. Me pregunto si los años en la fábrica pudieron alterar nuestras ideas, nuestra lucha. Nosotros padecimos lo que no padecen nuestros nietos (reflexión seria y superficial).

            De tal manera que ni el humor, ni el drama, ni la parte social funcionan.

            Todo queda diluido, impostado, demasiado construido, demasiado artificial. Y ese esfuerzo por serte simpática, y por emocionarte a cada ratos, con tretas fáciles y a través de unos personajes tan divinos y sencillos que resultan falsos, acaba con la paciencia del espectador. Incluso la subtrama del atracador hace aguas.

             En fin, veánla o no según sean de dejarse manipular o no.

            P.S: Tiene fijación el director malvado por meter niños todo el rato. Niños riendo, jugando, cantando, pidiendo nocilla… niños sin apenas entidad como personajes, o apenas individualizados. Da lo mismo. Todo sea por emocionarse. Los niños ayudan a manipular aún más si cabe.

             Nota: 4

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